El falso efecto de la inflación en la intensidad de la emisión de carbono. No se deje engañar
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Debido a que la mayoría de nosotros no hemos visto una inflación elevada desde hace muchos años, si hemos llegado a verla alguna vez, es importante recordar que la inflación distorsiona la percepción del valor subyacente. El dinero como medida puede ser un mal consejero. Además de reducir de golpe la capacidad adquisitiva de la mayor parte de las personas, la inflación tiene el potencial de distorsionar peligrosamente la lectura del avance en la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) por parte de los inversores.
Una de las formas más habituales de determinar el progreso de la descarbonización de sus carteras es utilizar el indicador de intensidad de carbono, que mide normalmente las toneladas de CO2e por millón de dólares de facturación1. Si la inflación en 2021 y 2022 eleva los ingresos medios un 15%, por ejemplo, en las empresas de una cartera o de un índice de referencia, se reducirá un 13% su cifra de intensidad de carbono2. Es importante que los inversores que estén tratando de conseguir la reducción de las emisiones de carbono de su cartera siguiendo el objetivo del Acuerdo de París conozcan y tengan en cuenta este hecho, o de lo contrario podrían perderse un par de años de avance en su esfuerzo.
El gráfico siguiente presenta el historial reciente de intensidad de carbono en los índices S&P 500 y MSCI Emerging Market (MSCI EM) utilizando la métrica toneladas de CO2e/millón de dólares de facturación. He introducido también trayectorias de inversión (glidepaths) objetivo para las emisiones tomando como base la Iniciativa mundial Net Zero Asset Managers Initiative (NZAM), cuyo objetivo es conseguir una reducción de alrededor del 50% de las emisiones para 2030 con respecto al nivel de 2019 (y seguir hasta conseguir cero emisiones netas en 2050). De acuerdo con esta trayectoria, una reducción del 13% en la intensidad del carbono respecto a su nivel al término del pasado trimestre de 2022 (2Q22), representa 2,5 años en el “progreso” para el S&P 500 y 3 años para el MSCI EM. Las líneas grises del Gráfico 1 indican hasta dónde llegarían las cifras últimas con un recorte del 13%, suponiendo que no variase nada más. Todo ello sin mover un solo dedo.
El problema de la medición nace de la variable de facturación dentro de la relación para el cálculo de la intensidad de carbono (CO2e por millón de dólares de facturación). Utilizar la cifra de ingresos como unidad común ayuda a realizar comparaciones entre sectores equiparables y por tamaño de negocio. Sin embargo, al aumentar los precios por la inflación, la cifra de ventas crecerá más rápido que el número de artículos vendidos, suponiendo que los volúmenes permanecen estables. En consecuencia, cada millón de dólares en facturación requerirá menos emisiones de carbono. Este resultado puede parecer progreso hacia el objetivo, como ilustra el ejemplo del gráfico 2 para una fábrica de cerveza ficticia.
Numerosos inversores están sumándose a iniciativas que tienen como objetivo la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) para limitar el calentamiento global a 1,5°C. Un método frecuente para ello es establecer una trayectoria de inversión (glidepath) objetivo y medir la intensidad de carbono. Para que se hagan una idea de la cantidad de fondos que siguen este método, la iniciativa Net Zero Asset Managers Initiative (NZAM) tiene ya más de 270 firmantes que gestionan activos por valor de 61 billones de USD.
Afortunadamente, en el mundo operativo, muchas empresas con un plan de reducción anunciado tienen como objetivo la disminución de toneladas en términos absolutos. El reto es principalmente para las gestoras de activos, que deben hacer un seguimiento de los cambios en las distintas empresas que componen sus carteras y se enfrentan a problemas prácticos como el de encontrar la manera de incluir la contribución de una empresa que carece de plan de reducción: ¿se debe hacer una previsión de crecimiento y de las emisiones asociadas para cada empresa hasta 2050? ¿No tenemos en cuenta a las que carecen de plan, ya que representa una cifra muy elevada y tira por tierra el fin del seguimiento de la cartera? Para este tipo de cálculos resulta verdaderamente útil el indicador de intensidad de carbono.
Conclusión: este problema podría solucionarse utilizando una variable alternativa a la cifra de facturación. Métricas industriales como volumen de bebidas producidas, el ratio MWh en producción de electricidad o las horas trabajadas por operadores en centros de llamadas también pueden servir. Si bien el indicador de intensidad deja de ser en ese caso compatible entre sectores, la tasa de variación sí lo es. También ayudaría a medir el progreso para las empresas que venden materias primas como aceite o cereales, cuyos precios varían mucho en el mercado. En este punto, muy pocas empresas declaran intensidad según unidades industriales, pero resultaría útil.
Resulta todo un reto para la comunidad de inversión institucional correr una maratón antes de haberse abrochado las zapatillas, pero si los inversores utilizan como indicador principal la intensidad de la emisión de carbono calculada con respecto a la cifra de facturación, deberán tener en cuenta la inflación. Es razonable utilizar métricas operativas siempre que puedan obtenerse. Dado que las emisiones de carbono solo se declaran (o estiman) una vez al año, y a menudo se dan a conocer un año aproximadamente después del cierre del periodo al que se refieren, la inflación no estará seguramente reflejada todavía en las cifras indicadas. Es un ejemplo importante de cómo, por mayor comodidad, se puede perder la integridad de los datos.
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1. CO2e son las siglas de equivalente de dióxido de carbono. Se trata del peso de CO2 que sería igual al de las emisiones de una serie de diversos gases de efecto invernadero.
2. Téngase en cuenta que lo que se calcula es el resultado de dividir el número de toneladas de emisiones de GEI por la cifra de facturación y, por tanto, lo que aumenta es el denominador.